1 de junio de 2011

En familia

- Pero ¡claro! ¡Te lo estoy diciendo! ¡Sí que te quiero!-. Las palabras eran distintas pero el tono de fastidio, el de siempre. Mamá, sentada sobre el inodoro y apoyando los talones sobre el bidet, terminaba de dar las últimas pinceladas a las uñas de los pies. Entre la oreja y el hombro sostenía el teléfono, llevaba sólo ropa interior y un gran rulero surcado por ganchos y pelos que iban y venían.
Estaba de espaldas, con la puerta del baño abierta. Yo sostenía el café que solía llevarle antes de que partiera para ese trabajo que la borraba de mi vida casi doce horas al día.
Tenía diez años y la escena permanece como una imagen congelada en mi memoria; fue cuando entendí que los códigos familiares (gritos, insultos, portazos) eran costumbre necesaria. 
Papá se había ido hacía algunos meses y mi casa era lo más parecido a un pantano. Antes de echarse a mudar le habló a mi hermano de otra mujer. Yo estaba presente –visiblemente presente- pero la conversación era entre ellos. A mí me anunció oficialmente su partida con una pregunta:
-¿Y ahora quién va a traerme la cucharada de miel a la noche?
Estaba en el colegio cuando mudó sus cosas. Esa misma noche mi hermano destrozó a golpes un televisor, dos cuadros y una guitarra.
Después, el silencio. Un silencio lacerante. No se hablaba de nada, pasado y futuro eran dos palabras prohibidas.
Cada tanto venía mi abuela a increpar a mi mamá. Mi abuela, su mamá, la misma que se desmayó cuando le contó la novedad.
Separados funcionaron peor que juntos. Mamá no sabía cómo manejar las puteadas de mi hermano –más fuertes que las de cualquiera- y papá había concluido en que su vida era un certero sinsentido.
Un día llegó un huevo de pascua de esos que están en la vidriera y que se sortean en confiterías paquetas de tan grandes que son. “Para mis hijos. Lo único rescatable de mi vida” decía la tarjeta.
Al poco tiempo volvió, previa charla con mamá –esa de la mañana en la que se pintó las uñas de los pies y nunca le llegó el café-. Yo respiré aliviada, mamá tenía otro semblante porque, eso era una verdad ineluctable, la soledad la aterraba. Entonces papá empezó a viajar mucho por trabajo. Venía, gritaba un poco y se volvía a ir. Un día tuvo un accidente en la ruta y mamá lo fue a buscar en ambulancia aérea. Con un razonamiento novelesco asumí que, ahora sí, todo iba a cambiar. Papá llegaría de madrugada, mientras yo dormía.
Apenas me levanté, en un impulso primario, corrí hasta su cuarto y entré sin avisar. “¿Qué mierda hacés acá?”, dijo, no sé si por haberlo pescado en calzoncillos o en el medio de una discusión. La vista se me fijó en los puntos que le surcaban el estómago, una anécdota ya olvidada para él.
La vez que escuché “¡Sí que te quiero!” fue la única que lloré por ellos. Y también por mí.
Se separaron, definitivamente, cuando cumplí treinta años. “Podés pasar a buscar tus cosas a partir de la semana que viene” la escuché decir a mamá mientras velaba a mi abuela, en el único momento que papá se acercó a saludarla.

Ivana Dimitrich

Amores difíciles

¡No!, dije, esto no va a funcionar, aunque haya mirado con esos ojos ingenuos. Estaba de novia con un sueco hacía seis años. No tenía sentido dedicarle pensamientos a un amor difícil: tenía su foto en la billetera. A mi pesar fui reservado y distante con ella.
Una tarde me dijo que se iba, sin ampliar qué significaba irse. Un dedo índice se clavó en mi tórax impidiendo circular el aire.
Días después nos vimos y la invité un café. Aceptó. Nos sentamos ¿Un café?, preguntó. Pedimos cerveza y tomamos varias. Salimos del bar de noche, con la borrachera ligera y grata que antecede recuerdos indelebles. La acompañé a la parada del colectivo, allí me agarró del cuello, me dio la nuca contra el poste y me besó con pasión. Al rato  estábamos en casa, entregados.
Desconcertado, como al ver matar la mano decisiva con un ancho falso, en la oscuridad oigo: “No”. La miré en silencio, con los ojos abiertos como si tras un momento de hipnosis hubiese escuchado ¡despertá! No entendía. No sabía qué hacer. Intenté comprender algo incomprensible. Era tarde, vivía lejos. “Dormí en mi cuarto, yo me tiro en el sillón”. Podemos compartir la cama, sugirió. Cerré la puerta y sin responder la dejé adentro, mirándome, mientras se quitaba las botas.
Por la mañana el día estaba gris y llovía, fui a verla y la cama estaba vacía. Quedó una nota sobre la almohada, como constancia de que nada fue una ilusión.
Ayer, ocho meses después, recibí un mail de Catalina, llega a Buenos Aires en tres días y quiere verme.
¡Si!, dije, soy un imbécil. Salí del departamento de Dominique y me metí en el bar. Me tomé un Cinzano con hielo de un tirón y quedé parado en la esquina, mirando la ventana iluminada del primer piso, con el baso vacío en una mano y la otra tomándome la nuca. Meses esperando una situación como esa con mi profesora de francés. No avanzaba con su lengua, sólo pagaba las clases para estar con ella una hora por semana.
Recibí su mensaje, cuando oscurecía, cruzando Plaza de Mayo. Me decía que se volvía a Paris. La llamé inmediatamente. ¿No me puedo ir de vacaciones? Al regreso continuábamos. Cerré los ojos y exhalé. Voy para tu casa y me contás. Te espero, respondió.
Estuve un rato en su departamento, chachareando. Insistió en que me había dicho que se iba, yo ni lo recordaba. Vi Ficciones en la mesa, no era un fetiche lo mío con ella, no era amor, era algo más. Intercambiamos novedades cinematográficas, me mostró lo mal que tocaba el hukelele y minutos después me acompañó a la puerta. Bajamos las escaleras del primer piso, metió la llave en la cerradura y ella, invariablemente lejana, se despidió de mí con un abrazo intenso, sin fuerza, excitante, que hizo que quedara con mis brazos suspendidos y mis manos abiertas, mirando la pared y viendo nada. La puerta se cerró frente a mí y subió las escaleras. Desapareció.
A la vuelta, titán.
Ayer recibí un mail de Dominique, se queda en Francia. En septiembre se casa con un sueco.

Cosme J. U. Zacantti.